Columna
Espiridion Conde Nieva
Empecinamientos peligrosos
07/Dic/2015

 

Hace varios años cuando el sistema educativo me preparaba para ser mejor docente, me enseñaron que la evaluación es sólo un elemento más de la acreditación de una asignatura, también que esta última es la expresión numérica en que es expresa el grado de dominio que se posee respecto a la asignatura en cuestión, a través de cubrir a satisfacción las competencias establecidas para tal finalidad. En la industria es donde la tendencia hacia la eficiencia productiva hace necesaria definición de calidad en el procesamiento de un producto, para lo cual se establecen indicadores tiempo de ejecución, absorción de insumos o porcentaje máximo de fallas permitidas por prueba directa o por reporte del consumidor, principalmente. Curiosamente existiendo un organismo de la ONU especializado en educación y cultura, las corrientes educativas  en el gobierno federal, se guían por las propuestas de organismos supranacionales de interés empresarial, la OCDE y el Banco Mundial, y de ahí han tomado como eje referencial de su política, la evaluación como una medida “objetiva” de la calidad de la enseñanza. Así el proceso eminentemente humano del aprendizaje se ha intentado normalizarlo con criterio industrial quizá pensando que se trata de equipos, no tanto de personas con la carga social, económica y hasta geográfica que condiciona cualquier esfuerzo de medición de la eficiencia del proceso educativo.

La lucha entre las partes involucradas, gobierno por un lado y maestros disidentes y desengañados de su dirigencia, se ubica precisamente en la realización de la evaluación. Vemos así el despliegue de fuerza pública impactante por parte del gobierno, en relación de cuatro agentes por cada profesor convocado, cercos de seguridad de varios kilómetros a la redonda, movilización de los participantes desde lejanos puntos de concentración y gasto exagerado, sólo para demostrar que la evaluación se lleva a cabo contra cualquier medida que se contemple por la parte contraria. Se gasta tanto en lograr que la estadística que se avanza en la evaluación  que me recuerda a don Germancito, un trabajador de la SAHOP que planteaba que los gastos de capacitación que pensaban aplicar, serían mejor empleados si se destinaran a tiempo extra.

Si nos ubicamos en los zapatos de los profesores que arriesgan su seguridad laboral por medio de las protestas y movilizaciones que realizan para bloquear la realización de la evaluación, vemos que su apuesta es en extremo aventurada y por ello, digna de reconocimiento. Con toda claridad se ha anunciado que los docentes que sean convocados a evaluarse y no se presenten, serán merecedores al despido casi automático.

También pensemos en los maestros que sopesando los pros y los contras de presentarse, lo hacen cercados, desvelados, estresados, hambrientos y en condiciones climáticas fuera de su control. Para ellos la autoridad expresa que protege su derecho a ser evaluados, como si de ellos mismos saliera la idea de presentarse a la evaluación.

Cuando era Emilio Chuayffet  el secretario de Educación, existía la posibilidad de que la Secretaría de Gobernación mediara para intentar alcanzar mínimos acuerdos. Ahora, al estar al frente de la SEP un enviado de la presidencia, se carece de cualquier puente para establecer acuerdos raquíticos que liberen la presión que cada día va en aumento. Otra vieja conseja que conocí hace tiempo es que para que exista una discusión se necesitan dos necios; en nuestro caso, el destrabar el conflicto hace necesario superar los empecinamientos peligrosos que ambas partes presentan.

 Una manera sensata de avanzar sería que la evaluación fuese aplicada a los docentes que vean en ésta una real manera de avanzar en su mejora salarial, para escalar puestos o para obtener reconocimiento por su desempeño. Personas de edad que ya tienen formas de trabajo que les garantizan resultados con sus estudiantes y que es su deseo permanecer en su status, no deberían ser forzadas a participar en la evaluación. Sin embargo, sólo si los indicadores de desempeño de su(s) grupo(s), hacen evidente alguna falla, con la intervención de su representación sindical, se le plantearía que presente su evaluación.

La dinámica destructiva con que se ve ahora la evaluación, llevará a que acabemos el sexenio en un empantanamiento de la educación que beneficia exclusivamente a los egresados de los planteles privados.

VISION DE TLAXCALA

Antaño era tan predecible la política que el taxista, el peluquero y el bolero podían prever el desenlace cercano de cada proceso electoral. Sería que había pocos partidos, que en el PRI señoreaba la disciplina, que no existían chapulines como ahora, y que cada partido tenía una clara línea doctrinaria por defender, que facilitaba toda tarea de escrutinio al respecto. Nada de lo anterior está vigente en estos días y por ello es que avanzando el calendario electoral, todavía no queda claro cómo estará conformada la principal boleta de junio 2016.

 

 
 
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