Cauces del enojo social (Opinión)
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Espididión Conde Nieva
12/Mar/2018

UNIDAD DE DATOS
 

Aun con las agravantes de una prolongada dilación y la disminuida estimación que representa, por fin las autoridades del país y su desdibujada cauda de grupos y partidos políticos que le respaldan, también en virtud del proceso electoral que ya estamos viviendo, han llegado a reconocer la existencia del descontento social. 

Si bien el puro reconocimiento no es garantía para resolver la problemática que le ha dado origen, por lo menos nos permite suponer que se está elaborando una estrategia seria para dimensionar su magnitud, dado que el origen queda perfectamente detectado en el triángulo formado por la violencia, la corrupción y la impunidad. 

De desatenderse este aspecto la posibilidad de que el conflicto que pueda suscitarse luego de las elecciones de este año, se escale a niveles de difícil percepción haciéndolo incontrolable, para con ello dinamitar los frágiles esquemas de convivencia, poniendo en riesgo la estabilidad y seguridad que hacen viable la existencia del país y su complicado desarrollo. 

Con este antecedente es importante hacer caso a la advertencia que formulara recientemente El Peje, en el sentido de que se deje de pensar en los múltiples mecanismos de coacción en el proceso electoral que tiene como foco al 1 de julio venidero, a través de prácticas como el chantaje que acompaña a los programas sociales de los gobiernos federal y de los estados, las presiones laborales a trabajadores gubernamentales sindicalizados y aquellos que no cuentan con plaza o la descara práctica de compra directa de votos en efectivo o a cambio de materiales de construcción. 

No se presta tanto a la metáfora aquello de que “Después del primero de julio yo me voy al Palacio Nacional o a Palenque, Chiapas. Si se atreven a hacer fraude me voy también a Palenque y a ver quién va a amarrar al tigre. Quien suelte al tigre que lo amarre. Yo no voy a estar deteniendo a la gente luego de un fraude electoral. Así de claro”. 

Recordemos que la estrategia de contención al descontento generado en 2006 estuvo centrada en dar cauce al mismo, mediante el campamento o plantón establecido por varios meses en el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México hasta la finalización de todas las etapas de dicho proceso, con lo cual se logró evitar otro tipo de manifestaciones de inconformidad, que por lo menos logró evitar otro tipo de expresiones descontroladas, que hubieran significado sangre, heridas y un enorme número de detenidos hasta llegar a incubar expresiones guerrilleras con la consabida represión que no repara en vidas, ni en el deterioro del precario estado de derecho. 

No es atrevido formular esta hipótesis si recordamos la represión que se dio en San Salvador Atenco, Estado de México, en 2004 cuyas sombras manchan de rojo a las anteriores administraciones federales panistas y a la presente del señor Peña Nieto, pues él precisamente en pose de vanagloria, reconoció su directa responsabilidad en los hechos que actualmente se analizan en la Corte Internacional de Justicia de La Haya, bajo la jurisdicción de la Organización de las Naciones Unidas. 

Toco este tema con profunda preocupación, casi espanto, por la sencilla razón de que el sábado 10 de marzo último, un provocador que oculta su identificación a través de un nombre poco razonable y sin siquiera una imagen, que aun robada o deformada lo presente, soltó en una red social, la idea de imaginar un panorama de fraude electoral como causa de una insurrección armada. 

Tal posición tan estrafalaria, sin embargo tocó la irritación larvada entre bastantes usuarios de dicha red, que sin someter al mínimo análisis la propuesta y afortunadamente de dientes para afuera, expresaron su punto de vista favorable por secundar esta tonta provocación. Aquí precisamente veo aquello que en el peñismo-meadismo se están negando a entender y que resulta una notable advertencia de que una elección limpia es quizá el único y más deseable cauce para dar sentido a la energía potencialmente destructiva generada por ese apenas aceptado enojo social.

 
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