Crisanto Cuellar, literato del mes: el poeta político
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Tlaxcala, Tlax.
21/Jul/2019

CULTURA
 

 Anna Cortés


La casualidad es misteriosa. El azar -si existe- encarna en las situaciones más ridículas o las más terribles. Pero encontrar un libro escrito por tlaxcaltecas en una librería de viejo en la Ciudad de México es lo que encajaría en los conceptos de azar o casualidad y ese día apenas empezaba a formar parte de ese descubrimiento.


Yo me encontraba en el sitio donde acostumbro a esperar a los amigos cuando él apareció. Me dijo que era tlaxcalteca y que había estudiado en la universidad local. No sé si levanté los hombros e hice una expresión que significaba que eso quizá no me importaba, pero se sentó y me habló de Crisanto Cuéllar mientras miraba el libro que había acabado de comprar en la librería de viejo.


Más tarde llegaron mis amigos y él se despidió, dejó anotado su número en algún lado de las servilletas que se quedaron sobre la mesa. De él no recuerdo nada, y que me perdone, pero su imagen ahora se enlaza con lo que me dijo sobre Crisanto Cuéllar Abaroa a propósito del libro.


“¿Se acabaron los políticos poetas? ¿Esa relación es una excepción o debería ser la regla? ¿La poesía hace mejores seres humanos y, por lo tanto, mejores políticos?”


La única coincidencia que encontré es que Política y Poesía empiezan con Po y terminan con a, que llevan una tilde, que son sustantivos femeninos y además ambas son actividades: una entraña una acción orientada a la búsqueda del poder y la otra a la búsqueda del ser… pongamos eso provisonalmente, le dije.


Seguramente debe haber pocos casos como los de Crisanto Cuellar, excepcionales. Recuerdo por ejemplo a Artemio de Valle Arizpe, el diplomático que además escribió las leyendas mexicanas, o los lugares comunes como Carlos Fuentes o Octavio Paz quienes primero fueron escritores y después políticos en el sentido amplio del término. Pero casi no encuentro casos a la inversa de políticos que hayan sido poetas.


Las casualidades abonaron al misterio ese día a mi regreso a Tlaxcala. En la televisión escuché que el Instituto Tlaxcalteca de Cultura (ITC) había nombrado a Crisanto Cuellar Abaroa como el “Literato del mes”.


Tengo entendido que Crisanto Cuellar dejó una larga familia de políticos pero de muy pocos poetas y sí, el siglo XIX para la cultura mexicana y local tuvo contexto completamente distinto al siglo XXI donde los medios de comunicación se han convertido en empresas de entretenimiento o escenario de calamidades.


Ahora, en las noches, antes de dormir escucho su enternecida voz llena de angustia, cantando al amor perdido, al tiempo, a la infidelidad y la vejez que lo corrompe todo.



Otra vez caminando en el desierto


de esta mi vida trágica y pesada…


todo es en este mundo desconcierto


¿dónde está de mi dicha la alborada?



El libro se llama Armario de Ilusiones (UAT, 1993), una antología de la académica y escritora Olimpia Guevara Hernández y de Joel Dávila Gutiérrez. Recoge la obra de los escritores tlaxcaltecas a partir del siglo XVIII hasta las tres cuartas partes del siglo pasado.


Ahí conocí a Crisanto Cuellar Abaroa que es el escritor del mes en Tlaxcala. Cuellar fue diputado federal y fundó uno de los primeros periódicos locales en la entidad: El Noticiero. Además de los cargos políticos que para mí son efímeros por el desgaste que ahora tienen la  política, prefiero leerlo como cronista, poeta, cuentista, novelista y ensayista.


La casualidad es misteriosa y a veces descubres el terruño en lugares alejados o en los menos esperados. A la angustia y la desolación de la poesía de Crisanto Cuellar se sumó la pregunta que lanzan Olimpia y Joel: ¿Existe una literatura tlaxcalteca? y la del desconocido en el café: ¿La poesía nos hace mejores hombres y mujeres?

 
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